“Comer de todo” es comer mal

Tu abuela -aunque es posible que sea mejor decir la abuela de tu abuela- tenía razón, en aquel contexto, cuando decía “hay que comer de todo” como mensaje ultra destilado al respecto de lo que ha de ser una alimentación saludable. Pero hoy, lo siento, no. No tendría razón. Por eso la importancia del contexto, un elemento importantísimo al describir la comunicación. Y el contexto de tu abuela (o de la abuela de tu abuela) no tenía nada que ver con el tuyo. Y cuando digo nada, es nada de nada.

comer de todoHace 60 o más años, el problema era la falta de alimento y, además, la oferta (el catálogo, si lo prefieres) de los posibles alimentos que podrían formar parte de la dieta diaria era francamente escasa. Muchísimo. Para que te hagas una idea y según el “Libro Blanco de la Nutrición en España” de la Fundación Española de la Nutrición (página 13) “nuestras abuelas vivían entre un centenar corto de alimentos”, sin embargo a día de hoy contamos, según la misma fuente, contamos con más de 30.000 productos con los que confeccionar nuestra minuta diaria.

Tal y como seguro sospechas, la diferencia de los de hoy (pongamos 30.000) con los de entonces (pongamos 100) deja un resultado de 29.900 alimentos… o productos alimenticios más bien. Es cierto que en esos 29.900 de más, en el entorno de antaño no figuraban ni los kiwis, ni el kale ni -pásmate- el aguacate (¿te atreves a imaginar cómo podría ser la vida sin aguacate?). Pero quitada esa docena escasa de alimentos “originales” de otras latitudes y que hoy tenemos accesibles, el caso es que la práctica totalidad de esos 29.900 que hoy “disfrutamos” son productos ultra procesados.

Los tiempos han cambiado

Así pues, en los tiempos de nuestras abuelas “comer de todo” no solo sería un buen consejo relacionado con la salud, sino que además era toda una declaración de buenas intenciones ya que, en aquel entonces, tener acceso a suficientes alimentos dentro de esa oferta era toda una suerte.

Hoy, en sentido contrario, nos sobra de todo, de oferta y de cantidad. Y este, como puedes apreciar, es un problema doble. La oferta es pésima y tenemos mucha. Hemos pasado de las enfermedades deficitarias y de ‘El Hambre’ (sí, con mayúsculas) a las enfermedades de la opulencia. Comer de todo, hoy, supone ponerse hasta las trancas de azúcar, sal, calorías, grasas saturadas y en general de productos ultra procesados, dejando de lado los alimentos “originales” sin procesar o mínimamente procesados.