La condición de «integral» es una de las características asociadas a las mejores recomendaciones sobre nuestra alimentación. Pero también una alegación con la que se engaña frecuentemente al consumidor.

Bien entendida, la cualidad de “integral” ayuda a definir un grupo concreto de alimentos y no otra; me refiero al de aquel que incluye productos elaborados con cereales, o que incluyen una proporción relativamente alta de ingredientes con este origen. Esta denominación se contrapone a la de “refinado”. De esta forma y en líneas generales podemos encontrar panes, pastas alimenticias y arroces “integrales” que se diferencian de sus homólogos “refinados” por la utilización en su elaboración de harinas refinadas, en los dos primeros casos, o de arroz pulido, en el último.

Los beneficios de lo integral

Los beneficios de lo integral redundan en dos aspectos generales. Por un lado la presencia de fibra que habitualmente implica, y por el otro en la riqueza de interesantes nutrientes de naturaleza fitoquímica (compuestos producidos por las plantas para protegerse de virus, bacterias y hongos, que a pesar de no ser imprescindibles, ayudarían a mejorar la salud y prevenir ciertas enfermedades metabólicas). En ambos casos la presencia de estos elementos en las versiones refinadas sería netamente inferior, cuando no anecdótica, frente a la integral.

Estas características podrían tener importantes repercusiones sobre nuestro pronóstico de salud. Por ejemplo, este estudio relaciona un mayor consumo de alimentos en sus vertientes integrales con un menor riesgo de padecer diabetes de tipo 2. Otros estudios relacionan su consumo con un menor riesgo cardiovascular e incluso con la reducción de la incidencia de determinados cánceres. Probablemente es por estas razones por las que en la actualidad cualquier guía de alimentación recomienda la inclusión de versiones integrales cuando aborda la cuestión de los cereales en la dieta.